El periodista y autor Guillem Balagué analiza la Copa Mundial de 2026, el mayor espectáculo del planeta que comienza este jueves.
¿Es este una Copa Mundial diseñada para los aficionados o para el negocio? Llevo meses haciéndome esta pregunta.
Las entradas son caras, aunque antes de quejarse demasiado, ¿han intentado comprar un asiento para un partido de la NBA? Lo caro es relativo. Pero la idea de fondo se mantiene: este es un torneo construido en torno al poder, el dinero y el cálculo político a una escala que rara vez hemos visto.
Bueno, con la excepción de Catar. Y Sudáfrica. Quizás deba admitir que el poder y el fútbol nunca han estado muy separados.
La FIFA ha jugado sus cartas con una habilidad notable, posicionándose lo suficientemente cerca de la actual administración estadounidense para asegurar que todo funcione sin problemas. Y, sin embargo —y esto es lo que me inquieta—, cuando a miembros de la familia del fútbol se les negaron los visados para entrar al país, esa influencia tan cuidadosamente cultivada de repente no sirvió para nada.
Una organización que puede susurrar al oído de los presidentes no pudo ayudar a un árbitro o a directivos de federaciones. Algo no encaja en todo esto.
Fuera de los estadios, el ruido girará en torno a las guerras culturales, el nacionalismo y el regreso de las fronteras y los muros en un país cuyo líder ha hecho de ambos su seña de identidad. El fútbol aterrizará en ese entorno y hará lo que siempre hace: insistir silenciosamente en que hay otra forma de amar a tu país que no tiene nada que ver con temer u odiar al de los demás.
El fútbol solía ser algo periférico en Estados Unidos, jugado en los márgenes, tolerado con educación. Ahora, el país está a punto de ser inundado por naciones que el egocéntrico centro del mundo siempre ha considerado periféricas. Hay cierta poesía en ello.
Porque esa es la clave. El fútbol no pertenece del todo a quien intenta poseerlo. Ni a la FIFA. Ni a los gobiernos. Ni a los acuerdos televisivos, las estrategias de precios o las alianzas geopolíticas.
Cuando ese primer balón eche a rodar en el Azteca, ocurrirá algo que ninguna sala de juntas puede fabricar. Un sentimiento colectivo, irracional, universal. Los romanos tenían pan y circo. Nosotros tenemos esto.
Y entonces, comienzan las historias.
Déjenme contarles una que primero me hizo reír y luego me hizo pensar. Hace una década, Patrick Kluivert, con sangre local en las venas por parte de su madre, entrenaba a la selección de Curazao y tomó una decisión que indignó a los locales: empezó a convocar a jugadores de la diáspora curazoleña, chicos que habían crecido en los Países Bajos y otros lugares, en lugar de depender únicamente del talento local.
Las discusiones fueron feroces. Los debates sobre la identidad se encendieron. Así que Kluivert hizo algo hermoso: organizó un partido entre su equipo seleccionado y los mejores jugadores nacidos en la isla. Su equipo ganó 7-1. El debate, más o menos, terminó ahí.
Curazao está en este Mundial. Ese viaje, desde una pequeña isla del Caribe hasta el escenario más grande del fútbol, es una de las miles de historias que este torneo contará con orgullo.
Esa es la magia de un Mundial con 48 equipos. Los críticos dirán que está diluido. Yo les diría que no están entendiendo la esencia. Miren lo que la clasificación por sí sola ha significado para Cabo Verde, para Uzbekistán, para Haití. Trae un orgullo extremo (del bueno) y felicidad a todo tipo de lugares.
Cabo Verde, Uzbekistán, Curazao y Jordania son las cuatro naciones que debutan en una Copa Mundial este verano.
El seleccionador de Haití, Sébastien Migné, nunca ha pisado el país que dirige.
Haití es actualmente una nación donde las bandas armadas controlan cerca del 90 % de la capital, donde 1,4 millones de personas han sido desplazadas y donde la mitad de la población necesita ayuda humanitaria para sobrevivir. Migné dirige por videoconferencia y los clasificó para el Mundial a través de una pantalla. Si esa no es una historia que merezca la pena seguir, no sé cuál lo es.
Mientras tanto, Bielsa está donde pertenece: en la banda con Uruguay, meditabundo y brillante.
Lo menciono porque no puedo evitarlo. Sus equipos pierden y ganan con una intensidad (y, me atrevería a decir, una belleza ingenua) que parece casi impropia del fútbol moderno.
Tras una derrota contra Estados Unidos en un amistoso, se presentó en una rueda de prensa y se describió a sí mismo, con total sinceridad, como una persona tóxica. El hombre se atormenta y, con ese ingrediente, crea poesía. También estaré pendiente de Uruguay.
En el campo, España parece estar un nivel por encima del resto.
Cuando tienes un jugador que puede ganar un partido por sí solo y un equipo que lleva tanto tiempo jugando junto que apenas necesita mirarse, empiezas cada torneo como favorito
Francia tiene menos fluidez colectiva, pero lleva dinamita en su delantera, del tipo que puede detonar en cualquier noche. Inglaterra ha apostado por la estructura y por Harry Kane, y en un torneo jugado con calor extremo, con partidos divididos en cuatro partes por las pausas de hidratación, esa combinación podría ser exactamente la correcta.
Argentina cuenta con Messi y un grupo de jugadores astutos y callejeros que harían cualquier cosa por él. Por su parte, Brasil ha nombrado a su primer seleccionador extranjero, Carlo Ancelotti, y su primera gran decisión, el regreso de Neymar, fue muy brasileña: generosa, popular, emocionalmente correcta... y tácticamente discutible. Sin embargo, Ancelotti debió pensar que es mejor tener a Neymar cerca que en casa, pues así será más fácil de controlar.
En torneos con altas temperaturas y partidos interrumpidos constantemente, la disciplina táctica es la que gana campeonatos. Es en este escenario donde los entrenadores adquieren mayor relevancia. Personalmente, tengo mucho interés en ver a amigos míos en los banquillos, como Roberto Martínez con Portugal, Luis de la Fuente con España, Mauricio Pochettino con Estados Unidos, Julen Lopetegui con Catar, Carlos Queiroz con Ghana y Davide junto a su padre en Brasil.
Este torneo también podría significar la despedida para algunas de las más grandes leyendas del fútbol. Messi, Modrić, Van Dijk, Neymar y Ronaldo, la generación que ha definido los últimos quince años, podrían decir adiós en esta cita. Pero también habrá que estar atentos a las nuevas promesas: Nico Paz con Argentina, Gilberto Mora con México, Désiré Doué con Francia o Yan Diomandé con Costa de Marfil.
El equipo campeón habrá disputado ocho partidos, creando recuerdos que la gente comentará durante el resto de sus vidas. Existen muy pocos eventos capaces de ocupar un espacio tan grande en la memoria colectiva de la humanidad de forma simultánea.
El fútbol puede pertenecer a los negocios, a la política, a los acuerdos televisivos, al precio de las entradas y a los cálculos geopolíticos. Esto siempre significará que el fútbol es más que noventa minutos. Pero, al mismo tiempo, durante esos noventa minutos, no pertenece a nadie más que al propio juego. Todo ello resulta fascinante y trasciende lo puramente deportivo.
Por todas estas razones, sigo dedicándome a esto.
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