El periodista y escritor Guillem Balagué analiza la reacción de España tras un decepcionante empate contra Cabo Verde en su debut mundialista.
La voz de Luis de la Fuente sonaba más apagada de lo habitual. Normalmente se muestra seguro, educado y siempre a punto de esbozar una sonrisa que parece decir: «Entiendo lo que dices, pero no estoy de acuerdo».
Tras el inesperado empate con Cabo Verde, sus sensaciones eran muy contenidas en la rueda de prensa posterior al partido. Así fue hasta que alguien le preguntó por la táctica, y su tono se elevó, como si la pregunta hubiera tocado una fibra sensible que hasta entonces había ocultado.
Él esperaba una Cabo Verde capaz de presionar arriba, con marcajes al hombre y valiente, como lo había sido ante la poderosa Camerún, a la que dejó fuera de la Copa Mundial tras vencerla por 3-1 en la fase de clasificación.
Probablemente por eso De la Fuente optó por un centrocampista extra en lugar de un extremo, a pesar de que él, mejor que nadie, sabe que esta selección se construye sobre sus jugadores de banda. Y cuando se dio cuenta de que el rival se había replegado más de lo previsto, no movió ficha hasta el minuto 71.
Los cambios llegaron tarde, cuando ya nada funcionaba, y con nombres que no estaban al cien por cien: Lamine, Mikel Merino, Nico Williams. Y entonces, presionado por las preguntas, devolvió el golpe: «¡Llevamos 32 partidos sin perder!».
Pero dentro de la concentración, la historia que se cuenta es otra.
Antes del partido contra Cabo Verde, ya se sabía que tres de los cuatro extremos tenían problemas físicos. Nico Williams ha tenido un año terrible con las lesiones, Lamine llevaba dos meses sin jugar y Víctor Muñoz llegó lesionado a Estados Unidos. Ninguno de ellos estará disponible para jugar los 90 minutos contra una Arabia Saudí que, previsiblemente, volverá a defender muy atrás, obligando a España a generar mucho peligro por las bandas.
Lamine ha sido claro: quiere ser titular, pero no está para un partido completo. Es una postura inteligente, pues no siempre los jugadores lo admiten o aceptan. Nico ha dicho que aún le falta esa chispa y que tardará unos días en recuperarla, aunque puede aportar veinte minutos de calidad. Por su parte, Víctor Muñoz ha vuelto a lesionarse.
A todo esto se suman las palabras de Cubarsí en la sala de prensa: en el primer partido faltó mordiente, faltó intensidad.
La pregunta que se hacen dentro del grupo es por qué, precisamente en el debut. Los más cercanos al equipo dicen que es un buen vestuario, muy unido, de los que se cuidan entre sí, pero también joven. Y se notó que estaban jugando su primer partido en una Copa Mundial.
Se les pidió que salieran a morder, y no lo hicieron. Sin espacios, sin un «diez» puro (Pedri jugó ahí, pero no es su posición, rinde mejor más atrás), sin extremos y convencidos de que «solo» era Cabo Verde, la calma se transformó en ansiedad.
Oyarzabal, el nueve del equipo, pasó los primeros treinta minutos sin tocar el balón. Cabo Verde solo cometió una falta en todo el partido. No hubo centros al área hasta que entró Merino en el minuto 71, porque no había nadie para rematarlos. Los disparos lejanos no encontraban portería. Todo era lento, sin fluidez, sin último pase, porque solo Cucurella entendió que había que buscar la espalda de la defensa una y otra vez.
En el entrenamiento posterior, el cuerpo técnico vio al grupo llegar demasiado serio y decidió relajar el ambiente en los días siguientes. Incluso les concedieron un día libre para pasarlo con sus familias, que se alojan en el hotel contiguo al de la concentración.
Los problemas del primer partido se han ido hablando, poco a poco, con los jugadores y también entre ellos: el grupo del Barça, los capitanes, los más jóvenes, a quienes les gusta sentarse aparte para hablar de fútbol.
Un empate inesperado pone a todos en alerta. Cada jugador busca soluciones inmediatas. Los que no fueron titulares quieren minutos, como Dani Olmo, a quien Lamine Yamal quiere a su lado por la gran conexión futbolística que tienen.
Mientras tanto, el seleccionador Luis de la Fuente tiene que repetir, dentro y fuera del vestuario, la misma idea que ofreció tras la decepción ante Cabo Verde: «Tenemos muy claro quiénes somos, no hay que dudar, sabemos en qué nos equivocamos». Es otra forma de decir: volved a ser la España que ha impresionado al mundo durante dos años. La España de Lamine Yamal, aunque solo tenga una hora de fútbol en las piernas y, tengo la impresión, con Olmo a su lado.
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